Capítulo Siete
Juan Carlos ve sin mirar. Su mente tira miles de pensamientos por segundo. Eso lo sume en un silencio casi mortuorio que Pedro no supo notar incluso cuando dejó la mesa del bar aduciendo que ya tenía que volver al trabajo.
Juan Carlos se para, el mozo lo detiene pidiéndole que le pague el cortado. Paga y se marcha casi en cámara lenta hacia calle Libertad.
Atina a levantar la mano cuando pasa un remís.
- ¿A dónde vamos, maestro?- dice el chofer.
Pedro sigue en silencio. Segundos después se da cuenta que está dentro del auto y lo primero que le sale es la dirección de la casa de Lucía.
- Calorcito, ¿no?
- …¿cómo?
- Digo… no está como para andar en la calle.
- Si…claro.
- Es una locura aquí. A la mañana te cagas de frío y para el mediodía te cagas de calor.
Juan Carlos sale de su letargo por el esfuerzo en tratar de escuchar lo que le dice el remisero. El volumen de la radio lo atonta por los parlantes traseros.
- Lo lindo es que las chicas salen con menos ropa. ¡Qué cantidad de perras que hay en Santiago! No nos podemos quejar, ¿no?
Juan Carlos asiente sin saber bien a qué.
- Los otros días subió una morocha infernal. Cerca del Regional. Vestida con una calza negra que le marcaba todo el orto. Una perra de primera. Quería que la lleve a un boliche de la autopista. Se subió atrás pero me charlaba apoyada en el asiento de adelante.
Al llegar a un semáforo en rojo, el remisero baja un poco el volumen para poder contar mejor su anécdota.
- Yo le decía que una mina como ella seguro que la estaba esperando un macho, pero me dijo que no. Ahí me di cuenta que quería guerra. Cuando llegamos, saca un billete de cien pesos. Le digo que no tengo cambio. Me dice que no tiene más chico. Le digo que está todo bien, que otra vez me paga. Pero la muy trola me dice: “¿No querés venir conmigo?... ¡Son todas putas, amigo!
El semáforo se pone en verde. Juan Carlos se da cuenta que está yendo a la casa de Lucía sin saber bien para qué. Siente la necesidad de hablar con ella, de decirle que Pedro había inventado lo de Melanie y que si se fueron juntos fue sólo porque salieron al mismo tiempo aquella noche.
- Yo ya las tengo caladas a esas. Se tiran de chetas pero a la hora de los bifes prefieren un macho de verdad. Ojo, que algunas se hacen las “sello”. Como la que dejé recién en la maternidad. Linda perra pero se hacía la interesante. Si fuera tan santita no se hubiera dejado embarazar así nomás, ¿no?
- Pará el auto- dijo Juan Carlos – Dejame aquí nomás.
El chofer lo miró sin preguntar nada. Lo dejó descender y se fue dejando las huellas marcadas en el pavimento.
La noche comienza a invadir la ciudad. Juan Carlos siente que la noche lo invade sólo a él.